Esa noche le tocaba puertas al polilla Ruiz. Había llegado hacía apenas una semana a Brihuega, su primer destino. Sobre las seis de la mañana aporrearon los portones del cuartel. Estaba despierto. Le había resultado imposible conciliar el sueño. Ojo avizor chaval, que este pueblo es pequeño pero hay mucho pendenciero suelto, le había advertido el teniente antes de desearle buenas noches y buena guardia. Abrió la cancela pero no vio a nadie. La loma pelada al fondo y el alba clareando en la cima. Miró varias veces a izquierda y derecha, con la nariz pegada a la rejilla, húmeda de rocío. Las hojas de los álamos soltaban hojas secas que caían al asfalto como pasos de fantasma. ¡Quién va! inquirió al sentir una respiración jadeante como a ras del suelo. Apareció entonces, emergiendo desde abajo, una mano ensangrentada que le rozó levemente la cara. Se apartó asustado, echando mano a la empuñadura de la pistola. Resolvió abrir. Mientras descorría con sigilo la tranca de la portezuela, pudo escuchar susurros de jaculatorias al otro lado. ¡Don Celestino!
Don Celestino era capellán de las clarisas, cuyo convento estaba unos tres kilómetros carretera abajo. Tras acompañar a las monjas en maitines, salía a caminar, unos días por la vega, otros por el monte. A la vuelta se pasaba por el cuartel a saludar y charlar un rato con sus amigos los guardias, a los que obsequiaba con algún regalo de la madre naturaleza, como solía decir. El día anterior les había traído un manojo de ramitas de té de piedra. Que es bueno para el ardor de estómago, les había dicho levantando el índice en ademán admonitorio. Detalle que agradecieron sobretodo los que todavía no estaban acostumbrados al agua de la zona, tan cargada de cal. Esa misma mañana les iba a llevar un saquete de piñas y teas para encender la lumbre, que ya estaban los hielos al acecho. Andaba afanado escudriñando el suelo por las lindes de la finca donde otrora rodara Rodríguez de la Fuente varios capítulos de su legendaria serie El hombre y la tierra, cuando escuchó un estruendo a su espalda. Al volverse vio una bandada de vencejos que cruzaron despavoridos el cielo. Tiró las piñas que tenía en el regazo de su sotana y salió corriendo hacia la carretera, a unos trescientos metros de donde estaba. Allí se había empotrado un R19 blanco contra el tronco de una encina, la más recia y hermosa del término, decían en el pueblo. Allí mismo, junto al mojón del kilómetro tres de la carretera hacia Torija, doblaba la carretera para bajar hacia la hoya donde se levanta el pueblo. Todavía tiritaban las ramas cuando llegó al lugar del siniestro. El coche se había quedado a un metro del árbol tras el impacto, completamente despachurrado, con el morro humeando. Dio varias vueltas santiguándose una y otra vez tratando de encontrar la manera de poner remedio donde ya no había nada que hacer. Del conductor solo pudo alcanzar un brazo que al tomarle el pulso le produjo la misma sensación que cuando días atrás tocó la panza de aquella perra que encontró agonizando junto al río, y que murió sin poder parir. A su lado, una mujer de unos cuarenta y cinco años, con abundante melena rubia, había atravesado la luna, y yacía con medio cuerpo fuera con los brazos extendidos sobre el capó. Detrás había un niñito rubio, de unos ocho años, bien sentado, con la cabeza desplomada sobre el pecho, los brazos caídos y las palmas hacia arriba, como cuando él rezaba el padrenuestro en el banco de la capilla durante los oficios. No tenía ninguna herida. Despierta angelito le susurró sollozando el bueno de Don Celestino, levantándole la barbilla. Y al ver aquella mirada dulce e inmóvil, clavada a la que tienen los ojos beatíficos del niño Jesús de la imagen de la Virgen del Carmen que tienen las monjas en la capilla del convento, se hincó de rodillas en el suelo y cabizbajo rezó, sosteniendo todavía la barbilla de aquel niño que tenía el mismo color de pelo que la madre. Se levantó y al besar al niño en la cabeza se cortó las manos con las esquirlas de los cristales rotos de la ventanilla. Enfiló entonces carretera abajo a toda prisa a dar aviso al cuartel.
Cuando el furgón fúnebre aparcó junto al cuartel ya hacía rato que había anochecido. Todo el día les había llevado sacar los cuerpos de aquel amasijo de hierros. Don Celestino había estado desde que llegara al cuartel por la mañana en casa del teniente, acompañado de la esposa de éste, sentado en la mesa camilla, al abrigo del brasero, cabizbajo y mudo, con un te del que había tomado un par de sorbos, observando apenado como retozaba el hijo menor del teniente. Apenas si pudo garabatear su firma en el atestado que le subió el polilla Ruiz.
Bajo contigo, le dijo al polilla cuando éste se marchaba para despedir a los dos funerarios. Don Celestino miró por el ventanuco del furgón donde reposaban los tres cadáveres, cubiertos por mantas grises con franjas azul marino en los extremos, y les dio la última bendición. También el polilla Ruiz se asomó unos segundos, hasta que arrancó el furgón para llevarse los cuerpos a la capital. Al ver aquellos tres cuerpos, enfilados sobre el suelo de mayor a menor tamaño, el corazón le dio un vuelco. Mejor no mires, hijo, le había dicho el padre Celestino, pero ya era tarde.
Esa noche tampoco pegó ojo. Apenas conseguía quedarse ligeramente dormido, enseguida se desvelaba. Amaneció y seguía tendido sobre la cama, solo cubierto por una sábana blanca. Las mantas las había apartado. Tenía el cuerpo empapado en sudor, a pesar del frío de afuera. En cuanto cerraba los ojos, aparecían los tres cuerpos muertos tendidos sobre el suelo del furgón. Retiró la sábana mojada y corrió al lavabo a realizar la primera ablución. Luego hizo un gurruño con las sábanas y bajó corriendo cuando sintió el traqueteo del motor del camión de la basura junto a la puerta del cuartel.
En el turno siguiente que le tocó puertas, volvieron a aporrear los portones del cuartel, casi a la misma hora que entonces. El polilla Ruiz se había quedado medio dormido sobre la mesa del cuarto de guardia, con la radio encendida. Abrió con desgana la portezuela. ¡Buenos días padre! Dijo bostezando al ver al padre Celestino que llevaba un fardo en la mano. Toma hijo, las han hecho las monjas para ti. Yo mismo las he bendecido. Ves a echarte un rato anda.
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