−Voy a llamar a la chica, a ver si le viene bien teñirme y cogerme los rulos. Nada. Estarán durmiendo todavía. Pues no son horas. Por supuesto, que estarían anoche de jarana. Lo que les gustará oler. Descuida que no se les cae la casa encima. Hay que amolarse. ¡Eh, chica! que soy mama, llámame. Estos chismes del demonio.
Paulina Calle colgó el teléfono como si diera una bofetada. Su marido leía en la salita de estar, como cada mañana desde que se jubiló hacía dos años. Sentado contra la ventana, con las piernas cruzadas, y los brazos extendidos todo lo que daban de sí, los ojillos entornados, enfocaba las letras del periódico a medio metro de distancia.
−Te vas a quedar ciego chico. ¿Dónde has puesto las gafas? A ver si te las has dejado en el coche. Que no sabes ya donde tienes la cabeza.
El seguía inmerso en la lectura de la sección de deportes, mientras su mujer pasaba el plumero por las estanterías de la salita de estar.
−Cierra esa ventana que ya se ha ventilado el cuarto. Que luego coges frío en los riñones y te pasas la noche dando vueltas en la cama y no me dejas pegar ojo. Pero él seguía inmerso en la lectura. −Está el cielo triste, parece que barrunta la tormenta−. Señaló ella mientras pasaba el plumero por la calva de su marido. Éste apartó unos segundos la mirada del periódico y miró de reojo por la ventana con el mismo interés que ponía en el parte meteorológico cuando sabía que después ponían una de vaqueros.
−Miálo. Ni se inmuta. Tanto le da. Como un mueble, igual. Este hombre parece que está contra la humanidad. Farfullaba la Paulina mientras andaba azacanada en la cocina. Cerró la puerta para poder despotricar a sus anchas. Colocó tres filetes de bacalao en la pila y abrió el grifo. −Dónde las habrá puesto−. Abría la nevera. −Luego dirá que soy yo que se las cambio de sitio−. Sacaba de la alacena la olla. −Como ayer, ¡chica donde has puesto mis mocasines negros!− Cerraba el grifo. −Me los habré puesto yo, vamos, vamos, qué suplicio de hombre−. Sacaba brillo a la encimera antes de colocar un plato llano y espolvorear harina. −Y esta chica sin llamar y mira que horas son ya. Llenó la olla de agua y la puso al fuego añadiendo una pizca de sal y un chorrito de aceite.
−¡Chica!
−¡Qué!
−¡Paulina, que llueve! gritó alarmada una vecina por el patio. En ese momento llamaron al timbre. Sonó el teléfono.
−¡Chica!
−Voy, qué sinvivir. Abre tú la puerta, yo cojo el teléfono que será la chica.
−¡Pauli! insistía la vecina desde el patio.
−¿Fondos de pensiones? ¡Anda con viento fresco maja! Replicó de mala gana al auricular.
−¡Paulina, la ropa, que se te moja!
Seguían llamando a la puerta, cada vez con más insistencia.
−La acabo de tender Chuchi.
−¡Ángela María!
−Ya voy yo a abrir, tú no te menees no te vayas a herniar, para ti la perra gorda. ¡Hombre Carmen! Fíjate que lo comentaba al Máximo esta mañana: Yo creo que me toca la Virgen esta semana.
−A ver si la puedes dar un poco de barniz aquí en este lado, ves, tu que eres mañosa para estas cosas.
−¡Vaya arañazo!
− Mi sobrina, que es un demonio. Mira que la tengo dicho que a la Virgen hay que respetarla, que no es un juguete. A la Virgen se la reza. Pues nada. Ni caso. Claro que de qué va a rezar la criatura. Si no se sabe el avemaría ni conoce a Nuestro Señor Jesucristo. Tiene a quién parecerle. Y el Luis que todo se lo consiente. Pues vamos apañados.
−Me lo he cruzado esta mañana cuando iba a por el pan. Le he preguntado que qué tal iba de lo suyo y me ha dicho que tirando. Pues tirando vamos todos le he dicho yo.
−Iría a juntarse con el de la mora, a echar la partida. No tiene otro mandado. Claro que para lo que sirve. Ni una bombilla sabe poner chica. Ya le digo, se te podía pegar algo del de la mora, tan mañoso que es el Antonio. Este, como un mueble, pues igual chica.
−Miá. Pues como éste tonta, que te crees que hace, ni tampoco na−. Añadió la Paulina desde el pasillo, que entraba a dejar la Virgen en el salón. −No sé donde he puesto las velas.
−La otra noche, no pegué ojo. Continuó la Carmen, cuando la Paulina volvió a salir al rellano, bajando el tono de la voz. −En una de estas, el Luis empezó a farfullar. Me di la vuelta y me dije, chica, a ver qué dice este. Pero na, frases sin ton ni son. Al día siguiente, estaba haciendo ganchillo en el salón, un tapete para mi nuera que tiene la casa de cualquier manera, ya se podría parecer a mi Teresita, donde va a parar, más limpia la criatura, que tiene la casa como los chorros del oro. Por cierto que te tengo que dar lo de la lotería. El caso es que ahí estaba, roncando en el sofá. Se despertó, me quedé mirándole y de repente me salta. Carmen, te tengo que decir una cosa. Chica, dejé el ganchillo, a ver qué me dice este hombre. Hasta que me salta, pues sabes lo que te digo Carmen, que no sé lo que te iba a decir. Luego se tiró un pedo y se quedó tan a gusto.
−¡Pues vaya!− Concluyó la Paulina reanudando el tono normal de la conversación.
−Así que, así estamos chica. ¿Qué tal andas de lo tuyo?
−Tengo la tensión por los suelos. El otro día sin ir más lejos, fregando el portal, me vino así como un aire. Pues chica, que no me quedé allí mismo de milagro. Así que, así estamos. To son achaques.
−Y la Anita que se cuenta, hace que no la veo.
−Ahora que la mencionas, pues esperando a que venga a teñirme y cogerme los rulos, que mira que pelos llevo, así no puedo salir a ninguna parte.
−Por cierto, sabes lo del Luisito−. Dijo la Carmen, bajando de nuevo el tono de confidencia.
−¿Qué Luisito?
−El chico de la Luisa, tonta.
−¿Le ha pasado algo?
−Qué si le ha pasado. No sabes tú el disgusto que tiene la Luisi. ¡Vamos, vamos! Agárrate. Pues que es mariquita.
−¡Preciso!
−Y se ha ido a vivir con un tío
− Pues chica, sabes lo que te digo, que tener un hijo homosexual es una desgracia como otra cualquiera.
−Bueno Pauli, te dejo que se me queman las lentejas. Sentenció la Carmen elevando la voz.
− Y yo, que he puesto a hervir los garbanzos, que como está así el día de triste me he dicho, voy a poner potaje.
Comían juntos el Máximo y la Paulina, por decir algo. −No podrás dejar la tele en paz, que así no puede una ver empezar ni terminar nada. Y esta chica sin llamar−. La Paulina encadenaba comentarios entre cucharadas de potaje. Soplaba el cubierto humeante y luego sorbía con la misma parsimonia que una tubería atascada se traga el agua.
Cuando empezó la película de vaqueros se marchó a fregar los platos. Sonó el teléfono
. −Vale, después de la novela. Hoy no voy a poder verla, ponen una del oeste. Venga aquí te espero−. Tras colgar se encerró en el baño. Mientras se cepillaba el cabello se miraba como si quisiera ver cosas ya olvidadas entre pasada y pasada. Se echaba el pelo para atrás, luego de un lado, luego del otro. Giraba la cara, un perfil, el otro. Alzaba el cuello y lo bajaba. Limpiaba el cepillo de pelos canosos arrancados. Se quedaba mirándolos y se llevaba la mano a la cabeza como si quisiera replantarlos. Y se volvía a mesar los cabellos con suavidad. Luego tiraba de ellos y se miraba las manos para cerciorarse de que seguían en la cabeza. Repetía una y otra vez este ritual, mientras al otro lado de la puerta resonaban los disparos de rifle de la película del oeste. Cuando comenzó la fanfarria de la orquesta que puso el The End a la película, el Máximo se levantó.
−¡Chica que me meo! La Paulina salió y se dirigió al teléfono mientras se plisaba la falda.
−Chica no vengas. ¡Ea! no me apetece. Mañana tampoco. De esas cosas, ya sabes−. Mientras dirigía evasivas al auricular se acariciaba el pelo, sintiendo el tacto de sus cabellos como el terreno pedregoso de un arroyo debe sentir la corriente, sabiendo que las cosas pasan por encima mientras uno se queda.
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