
Billete de ida, sin posibilidad de retorno, a un territorio devastado. Acta de ingreso en un campo de concentración, en el que a horas imprecisas, de un tiempo secuestrado, se ven deambular a las famélicas y torturadas supervivientes. Expatriadas de su sufrimiento, no gritan, no protestan, ni reivindican nada. Ya no. Su sentencia es irrevocable. Van, vienen, caen, mueren y nacen de nuevo para pasar por lo mismo, dar los mismos pasos, y terminar posando con el mismo ademán postrero, con el que rubrican su destino fatídico. Y con su destino arrastran al resto. Pues, para la artista, la ausencia de lo genuinamente femenino en nuestra sociedad, su falsa interpretación, o, si a caso, las dosis raquíticas en que se da, conduce a un estado de cosas injusto y caótico. Sus fotografías son estampas del paisaje desolado resultante. Mujeres confinadas en su soledad y frustración. Vestidas con camisa de fuerza tejida de alambrada. Tocadas con vendas que clausuran el rostro. Miembros amputados. Torsos escuálidos. Piernas estremecidas. Espaldas remendadas a latigazos, de las que brotan por sus costuras, goterones de sangre grávida, preñada de una vida agotada que todavía se resiste a caer en la fosa. Cuerpos estallados, cuyos pedazos se esparcen como esquirlas de frágil azogue en las que se reflejan miradas inquietantes y posturas imposibles; como células que cobran vida propia, que se buscan a sí mismas en otra parte, huyendo del todo, dibujando la cartografía de un terreno todavía por explorar. Postales de una visita a los abismos, en los que la remitente nos narra la búsqueda denodada de una identidad que se desmarque de los parámetros impuestos o heredados que, inexorablemente conducen a estados alienantes: Desmembración, Flagelación, Sacrificio, Consunción, Transfiguración… Son los iconos de las estaciones de su particular vía crucis.
A pesar de lo descarnado de las escenas, paradójicamente, hay una especie de orden y armonía adheridos. La violencia es silente, la ira contenida, la estridencia elegante. Los colores puros. Rojo, blanco y negro dominan. Colores que la cultura japonesa utiliza para referenciar a lo femenino. Los elementos parecen congelados por la nitidez del hielo. Como ese escalofrío que sentimos tras un despertar súbito que anunciase la llegada de un paradigma más equilibrado.
La Fotografía. Abril 2005
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