A esta hora de la tarde los niños, terminadas sus clases, se solazan en la plaza. Ahora que el buen tiempo ha sucedido al invierno, de un día para otro, como suele hacerlo en Madrid, sus juegos tienen el brío de la novedad. Corretean enloquecidos de un extremo a otro. Arrancan los todavía tiernos tallos de romero de los arietes, esparciendo su perfume por toda la plaza, con las manos alzadas, las muñecas vibrantes, las gargantas abiertas al cielo, como si pretendiesen engullirlo. Con sigilo, van y vienen a la fuente, llenan globos de colores que estallan en el suelo, para luego chapotear en los charcos que se forman. Niños latinos, mezclados con algún castizo, pocos, y algún que otro chinito taciturno, que suele quedarse al margen. No juegan al escondite, al pasacalles, a policías y ladrones, a la comba ni a las canicas como hacían los de mi generación. En realidad no juegan a nada definido. Simplemente corren, pareciera que volaran, gritando y riendo sin más motivo que la de proclamar su sencilla alegría. Un juego cuyas reglas se reinventan cada tarde, como las que crean los náufragos tras emerger en una isla remota y salvaje. Como las que rigen mi pensamiento cada tarde que me siento en un banco de esta plaza a observarlos. Lo hago con envidia. No porque quisiera ser uno de ellos. No va conmigo esa estupidez de sacar el niño que llevo dentro. Dentro de mí no hay ningún niño, qué narices. Hace ya mucho que dejé de serlo, y de él no quedan ni recuerdos, ni ganas de tenerlos. Sino porque quisiera contagiarme de su energía y hacer las cosas, mis cosas, las de mi edad, con la misma resolución. Y, sin embargo, heme aquí, en un banco, pensando las cosas mil veces, vueltas y más vueltas, una idea tras otra, sino la misma travestida, que va y viene sin llegar a definirse, y mucho menos ejecutarse. Cigarrillo tras cigarrillo, cada vez más cansado, sin fuerzas siquiera para levantarme y largarme a casa a esperar que la noche entierre un día prescindible como lo son todos últimamente; como siento que lo han sido todos los de mi vida, y lo serán los que me quedan; y ojalá fuese este el último, y muy a mi pesar no lo será, pues es lo que me digo todos los días cuando el atardecer enturbia la plaza y los niños se marchan; quizás porque lo que me mantiene es la esperanza de volverlos a ver al día siguiente.
Siento que he vivido todas las experiencias. Es falso, lo sé, pero no se me ocurre que no haya dejado de experimentar nada de lo que se supone que merecía la pena. Demasiado deprisa, quizás. He descompuesto el espectro luminoso de la vida en todos sus haces. Tan intensamente me han cegado que ya no distingo los colores, ni las formas. Solo sombras hambrientas que persiguen el rastro de otras sombras para devorarse entre sí, lentamente. El amor, la amistad, la utopía religiosa y política, los sueños más nobles han devastado mi mente, hasta convertirlo en un desolado campo de batalla, escenario de mil guerras, donde facciones desavenidas han jugado a matarse. Como los niños de esta plaza que corren sin parar, sin rumbo, perseguidos o perseguidores, gritando enloquecidos, riendo descontroladamente, huyendo los unos de los otros sin saber porqué. Solo es un juego que termina cuando el sol agotado atardece en sus cuerpos menudos. Cuando se han matado unos a otros. Los personajes que interpretaban, caducan al atardecer. Porque mañana a la tarde, cambiaran las tornas, o no. Otra tarde quizás. Eso es lo que les mantiene. Hasta que alguno se canse de ser siempre el perdedor, el perseguido, al que siempre matan, el más salpicado por el chapoteo, el más empapado por el agua. Cuando el equilibrio del juego se vaya a tomar viento. Pero de eso solo serán conscientes muchos años más tarde.
Las farolas se encienden. Las campanas de Nuestra Señora de Maravillas repican a misa de nueve. Mil tardes como esta he sentido ganas de entrar. Pero mis oraciones son demasiado blasfemas para una iglesia. Prefiero escupirlas en el suelo. El objeto de mis preocupaciones solo vale la pena cuando su destino es el polvo que amasa la saliva. Solo el jugo que segrega mi garganta, cuando ya no hay fuerza suficiente para que la voz llegue más allá del paladar, y se queda adherida a las rugosidades de la boca, llagando las palabras, sabe licuar mejor que cualquier otra combinación el objeto de mis intenciones.
El calor de la tarde se lo han llevado los niños. La suave brisa cambia el escenario de la plaza. Mientras pensaba apenado, no sabría decir por qué ni en qué, tras la marcha de los niños, el centro de la plaza la han ocupado otros. No existe una categoría clara que englobe la docena de merodeadores dispersos, unos deambulando en ebrio zigzag entre los matojos, otros sentados en los bancos, otros paseados por perros meones que arrojan sus micciones para delimitar su territorio dentro del mapamundi resquebrajado de la plaza.
En los rebordes de la plaza las terrazas siguen bullendo repletas de gente distinta a la de la tarde, pero con la misma fisonomía y las mismas conversaciones, ajenas a lo que ocurre dentro, como un patio de butacas contemplando un escenario sin función.
Llevo horas aquí sentado. Días viniendo a esta plaza a la misma hora para estar sentado, durante horas. No sé cuándo empecé a venir. En algún momento me levantaré y no vendré más. Lo haré, como hago todo, sin ser consciente de que he llegado a la determinación de no volver. Un día, iré a otra parte, simplemente cambiaré de lugar, sin que me quede la sensación nostálgica de no haber vuelto aquí, ni preguntarme por qué ese día no habré vuelto a esta plaza, `por qué ya no echaré de menos los juegos de los niños, ni las meadas de los perros en la noche. En eso consiste mi juego: ver como otros juegan. Sean niños o mayores. Ilusionados o defraudados. Y cuando me canso de verlos jugar, antes de que ellos mismos se cansen de sus propios juegos, abandono. Siento entonces que estoy solo, y eso, paradójicamente, me reconforta por unos momentos. Pero también me canso de estar solo. Entonces me voy a otra plaza, a sentarme en otro banco para sentir que no lo estoy. Y sin embargo, así es.
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