Siete y media de la mañana. Tres grados en el centro de Madrid.
A mitad de trayecto, el frenazo del autobús seguido de los pitidos de las señales horarias de la radio me incorporan  a la realidad tras una breve cabezada. Dentro, cuerpos apretujados, caras somnolientas, brazos ahorcados en los colgantes del techo. Fuera, una veintena de personas aguardan en la acera a que se abran las puertas, reticentes. Abro un arco con mi mano entre el vapor del cristal para ver sus caras. Observo sus bocas que lanzan bocanadas de vaho; como si, molestas, quisieran empañar la brecha indiscreta de mi ventanal. Hago ejercicios circulares con la cabeza para desentumecer el cuello. Girando hacia la parada, siento un chasquido en las cervicales cuando mi mirada intermitente se abre en tu boca, el último viajero. ¡Maldita sea! Pare gritar el ademán rabioso de tu mano cuando las puertas se cierran en tus narices. El autobús arranca, renqueante, todavía con el trote impertinente de los últimos pasajeros recorriendo el pasillo, al igual que un eco atrapado entre las tripas de una digestión pesada. Desapareces entre un fundido en blanco del cristal, con la mano aún levantada, en un intento vano de amarrar mi cuello para despedirse como es debido, interpreto yo. Recorro los rostros a mi alrededor, intentando identificarte en alguna posición dentro del autobús cualquier mañana anterior. ¿Te habrás sentado a mi lado alguna vez, mientras soñaba a medias entre los vaivenes de la ruta? Antes de llegar a mi destino, precipitadamente bosquejo tu rostro en la ventana, junto a mi asiento

Las temperaturas van en ascenso, anuncia la radio. Día a día, la opacidad vaporosa del cristal se va esfumando. A mitad de trayecto, despierto entre el frenazo y las señales horarias. Cada día. Siempre el mismo asiento. Exhalo con vehemencia sobre el ventanal y me miro en tu rostro, donde ya no te has vuelto a asomar. Lo restauro con el índice. Aguardo el día en que, mientras el autobús hace barridos por las calles de la ciudad, te detengas a recordarte en mi retrato. De tanto repasar tus contornos con el dedo, tu rostro y mi molde ya no coincidirán, seguro. Otro rostro se pondrá a la cola, ya no serás el último. Un día cualquiera del próximo invierno, a mitad de trayecto, quizás, aparecerás tú o aparecerá otro, sea quien sea, qué más da. Cuando vuelva el frío. Las estaciones sin abrigo no son propicias para soñar.
Cuando salgo del autobús  pienso en otras cosas. Mis pensamientos no los manejo yo, sino el movimiento de mi cuerpo y la temperatura. Son distintos si ando, corro o nado; si cojo el autobús, el metro o el tren. Distintos los del invierno de los del verano. Cuanto más rápido es el medio, más absurdos, eso sí. Cuando hiela, mejor grabados se me quedan.
Hoy, he perdido el autobús de vuelta a casa, por los pelos. Un niño se me ha quedado mirando hasta perderse a lo lejos. Con sus deditos hacía garabatos en el cristal con saliva. Acto seguido he escupido, desconcertado.