Deambulo boquiabierto sin ton ni son.
Mi garganta es una fragua que licua la niebla.
Tiempo de sequía.
La niebla es una mortaja que se tiende sobre la vida que he dejado de sentir. Las ausencias, lo desconocido y lo olvidado, lo que se ignora, lo que no existe.
Madrid, cuerpo inerte que se evapora al alba, entras por inercia en el ataúd de mi boca.
Mi lengua es el lecho húmedo donde yace tu alma.
Tu alma es un licor subido de grados que necesito para proseguir. Alcohol necesario para avivar el fuego de mi voz, crematorio de palabras.
Sonámbulo entro en una panadería. Al salir, no sé de donde venía. A dónde iré…
Sigo caminando sin rumbo. Hace frío. Mucho más que antes.
La ciudad ya se ha despertado. Los rayos de sol acerado  perfilan cuchilladas suicidas en las fachadas.
Abrazo la barra de pan. El calor de la corteza me sostiene y guía burlando el zigzagueo ebrio de mis piernas.  Me lleva hacia centro del tumulto de un grupo de feligreses que se agolpan a la salida de misa. Despedidas, bendiciones, desplantes y traiciones me orientan entre la muchedumbre. Puntos cardinales de una brújula desimantada, cuya aguja es una barra de pan.
El destino es una muesca de saliva en la página de un libro a punto de ser arrojado a la hoguera.

Ha llegado mi hora.
Una hora se describe con una palabra. El destino incinerado en mi boca.
Sentado en un banco de la iglesia, vacía en esta hora, escucho la palabra de Dios.
Yo soy la vida y la muerte.
Soy la niebla.
Soy el fuego.
La palabra de Dios en mi boca.