Voy corriendo a todas partes. De todas salgo huyendo.
Me conformo con poco. Y poco es lo que encuentro.
A veces me paro y  me quedo mirando al cielo.
Un trozo de cielo despejado, neutral, donde no se crucen las nubes ni los pájaros,
ni los aviones, ni nada.
Ni siquiera mis pensamientos.
El vacío.
Cero de cada cosa.
Sin ruido, sin aire, sin color.
El cielo es azul. Por decir algo.
Un trozo de cielo en el que solo quepo yo.
El cielo es un puzzle incompleto.
Yo soy la pieza que falta.
Entro en el cielo a través de mis ojos, dándome la vuelta desde dentro, como se le da la vuelta a una prenda, y desaparezco como en un truco de magia, entre mis propias manos.
Solo en el cielo.
Soledad destinada a mis cosas, las que fuera no cuentan.
No importan.
No existen.
Tanto me da.
Y qué lejos queda todo.
Qué cosa será el todo aquí. Nada.
A quién importa. A nadie.
A mí.
Para qué seguir contando, si ya no se puede contar.
Ni sentido tiene, si se llega al mismo resultado.
Cero por cero. Cero entre cero. Cero y Cero. Todo es igual a cero. Osea, a mí.
Qué más hay que añadir. Nada.
El paraíso es un círculo inmenso.
Desde fuera no se puede precisar, no se ve, no se halla.
Desde dentro no se alcanzan sus límites.
Es una planicie infinita donde los horizontes se suponen.
Allá lejos donde la vista no da más de sí. Eso puede que sea el horizonte.
Espacio por todas partes para andar, correr o quedarse quieto, sin más.  Aquí y allá por todas partes. Y nada que me distraiga. Eso es todo.
Mi existencia en el paraíso es una ilusión que creo haber habitado alguna vez.
Comí de la fruta prohibida. Y fui expulsado.
Mi existencia en el mundo es un ir y venir corriendo y huyendo de aquí para allá, nauseabundo, intentando vomitar de una vez por todas la pulpa atragantada.
Creo firmemente pertenecer al círculo del paraíso.
Soy su centro mismo.
Entorno a mí gira todo.
El blanco perfecto para morir disparado a quemarropa,
Y empezar a vivir entonces.