Me llevaron en una de esas ambulancias blancas con sirenas y la palabra ‘ambulancia’ escrita del revés en la parte delantera, nunca supe por qué. Lo de la palabra quiero decir. Bueno, tampoco sé por qué me llevaron. Las había visto tantas veces desde mi ventana cruzar despavoridas la general, como un corre calles, igual que los camiones de bomberos y los coches de policía. Siempre había querido montar en una. La experiencia fue decepcionante. Esta no corría, ni tenía las sirenas puestas. Las cosas se ven muy distintas desde aquí arriba, hijo, me había dicho mamá en ciertas ocasiones. Qué razón tenía. Me llevaron y ya nunca me trajeron de vuelta. Aquí estarás bien, me decía una monjita muy fea, vestida de blanco. Te vamos a cuidar, tendrás amiguitos como tú. Mi nueva habitación también está en un segundo piso, pero da a un jardín. Ves que lindo. Pero allí ya no vería cruzar las ambulancias blancas, ni los camiones rojos de bomberos, ni los coches azules de policía. Todo es tan verde allí. Y el verde es un color que a mí no me gusta. Tampoco volví a ver por allí ni a papá ni a mamá para hablarme de las cosas que veo por mi ventana y no entiendo. Por eso les voy a hablar de ellos, pues lo que ocurre aquí no me interesa.
Papá reparaba relojes de pared y de sobremesa. Había emigrado a Suiza con sus padres, siendo todavía un chiquillo, allá por los años 50, en un pueblecito a orillas del lago Leman. Allí había aprendido el oficio. Suiza es un país increíble, hijo, todo lo contrario a esto. Siempre llamaba esto a donde vivíamos. Hay montañas tan elevadas, que se pierden entre las nubes. Valles inmensos, poblados de árboles tan altos o más que este edificio. Y lagos como mares, tranquilos y profundos. Y cuando nieva, allí nieva mucho, sabes, ¡oh!, aquello es un espectáculo. Un día te llevaré allí, hijo, a que veas la nieve de verdad. Eso me dijo un día en que me entusiasmé observando como caían cuatro copos que se derretían al caer. Por eso llegué a pensar que las ambulancias blancas te llevaban a Suiza, a ver la nieve de verdad. Ahora sé que no es así. Papá me enseñó que había otro mundo bien distinto, alejado del que observaba desde mi ventana. Aprendí a comparar las cosas que tenía a mi alcance, tal cuál se mostraban, con cómo me gustaría que fuesen. Por eso causo tantos quebraderos de cabeza a la madre Filomena, que dirige el taller de manualidades aquí. Todo su afán consiste en que reproduzca esos patrones tan simplones que coloca en la pizarra. Pero yo me empeño en darle vueltas a las piezas, colocándolas de mil maneras, hasta que doy con la forma que a mí me gusta. Así hacía papá con los relojes. Pasaba horas en su taller que estaba junto a mi habitación. Yo lo observaba detrás del tabique, con el oído que lo he tenido siempre muy fino. Solía levantarse muy temprano, y acostarse muy tarde. No le gustaba la luz del día. En cuanto amanecía venía a recostarse un rato junto a mí en la cama. Luego llegaba mamá y nos despertaba a los dos. Entonces, él se marchaba a sobrellevar como podía la parte más aburrida, pero no por ello menos importante, del negocio, como solía decir de esta y de otras maneras cuando me aparcaba junto a la ventana y me pasaba la mano por la cabeza, deshaciendo el peinado que poco antes mi mamá me había hecho con tanto esmero. Desde la cama podía seguir todos los detalles. Desde que pulsaba el interruptor del flexo y buscaba la posición en la silla, siempre le costaba encontrarla, hasta que lo apagaba. Comenzaba dando unos golpecitos a su lupa-monóculo y soplaba para limpiarla de motas de polvo. Se lo enroscaba en el ojo derecho, haciendo gestos retorcidos con los labios en sentido contrario, como si la boca y su mirada estuvieran conectados por unos engranajes. Luego desplegaba en un lado de la mesa la manta con una veintena de destornilladores de varias puntas y tamaños, aunque todos muy pequeños; en el otro abría en abanico su maletín con varios pisos de repuestos; posicionaba el paciente, así llamaba a los relojes, en el centro, para destriparlo y todo lo demás era un meticuloso ritual de extracción, tratamiento y reposición de piececitas. A ver que tenemos hoy, se le oía decir al principio. ¡Levántate y anda! sentenciaba al final, justo cuando empezaba a sonar el tic-tac que sentía como si de mi propio pálpito se tratase. En medio del proceso, solo había silencio tomado por el leve roce del metal. Muy pocas veces terminaba mi padre la faena con una frase en latín cuyo significado nunca me quiso revelar, pero cuyo sonido me aprendí. Requiescat in pace. Yo la suelo utilizar cuando me acuerdo de él, que es muy a menudo, me pongo triste, y quiero dejar de recordarlo. Entonces me pongo a pensar en mamá.
Se conocieron cuando papá regresaba de Suiza. Fue en el tren. Esto me lo contó mamá. Papá de estas cosas no hablaba. Ella había ido una semana a Milán, a empaparse de las últimas tendencias. Todavía no se dedicaba a los zapatos. Por aquel entonces trabajaba como ayudante de un conocido modista de la capital que confeccionaba trajes de hombre. Qué manos que tiene mi niña, solía comentar ufano su padre, para alardear ante sus compañeros de oficina del futuro que le esperaba a su hija en el mundo de la moda. Luego conocí a tu padre y mi carrera se frustró. Me contó aquella tarde, en que papá se había retrasado más de lo normal en sus aburridos, pero no menos importantes, trámites. Había entrado en mi habitación como un vendaval adolescente. Siempre entraba así cuando quería mostrarme un diseño recién terminado. Primero llamó. Por la forma de golpear sabía de qué se trataba. A decir verdad, mucho antes lo sabía. También su trabajo lo seguía con el oído. No de manera tan precisa como el de papá, pues ella trabajaba abajo, en el salón, mientras escuchaba la radio, y eso dificultaba el seguimiento. Aún así, mientras yo anhelaba el paso frenético de una ambulancia, un camión de bomberos o un coche de policía por la carretera general, era capaz de percibir cómo mi madre, casi con la misma inquietud que la mía, rasgaba su bloc, para pergeñar el boceto de un nuevo zapato. Le podía llevar días. Luego venían las llamadas de teléfono y sus comentarios indignados. ¡Es que nadie trabaja el charol malva! ¡Este país no cambiará nunca! En Italia lo tendría con solo chasquear los dedos. Sus idas y venidas. Hijo, voy por material, luego te cuento. Vaya porquería de suela, esto no aguanta un baile de mi pueblo. Los gritos sofocados al clavarse la aguja mientras cosía las piezas, cuando se distraía con el serial. Ya cuando subía sigilosa las escaleras yo ya tenía definido en mi mente lo que venía a mostrarme. Aquella tarde, la puerta se abrió lentamente, como por iniciativa propia, mientras ella permanecía agazapada en el pasillo. Asomó una pierna, meneándola en el aire, y estirando el empeine para lucir bien la novedad. Entonces yo aplaudía entusiasmado. ¡Bravo mami!. Luego se apoyaba con una mano en el marco de la puerta y con la otra se cogía la falda y la movía de un lado a otro, mientras me miraba con gesto tímido, como si me incitara a que la sacara a bailar. Papá y mamá eran polos opuestos. Ella me traía de regreso desde el mundo al que había ido con papá, y pintaba de colores vivos las grises razones con que él me había convencido para huir. Qué has visto hoy. Me dijo sentándose en la cama, acodando los brazos sobre los muslos y sosteniendo con las palmas su cabeza. Quizás fuese la tardanza de papá. No sé porqué le solté que parecía una cualquiera. Ella, en cambio, no se ofendió. Se tumbó sobre la cama, extendiendo los pliegues de la falda como un acordeón. Eres como tu padre, tanto color os turba. Decía las sentencias como si fueran cumplidos. Así era mamá. No te parece que le va muy bien el malva de los zapatos con el verde de la blusa, y el rojo en la falda, hijo. Claro que sí mamá, contesté con tono meloso, para resarcirla de mi comentario inoportuno. Es una combinación muy misteriosa, dijo mirándose el envés de las manos, con los dedos abiertos, extasiada en la exhibición de sus largas uñas también malvas. Se incorporó para explayarse en la interpretación del código de colores. Suponte que alguien se detiene en estos zapatos. De seguro que se sentirá contrariado. Porque el malva es un color, ambiguo, extraño. No es elegante como el negro, ni provocativo como el rojo. Pero es atractivo y sobretodo dudoso. Y eso le hará querer ir lentamente, con precaución hacia arriba. Tras el intervalo sugerente, pero insuficiente, de una cuarta y media de pantorrilla, se recreará en el rojo de esta falda, demasiado tibio para insinuar nada, con lo que seguirá ascendiendo suavemente hasta la blusa, de un verde reposado, pero lo bastante ceñida como para tomar un impulso y finalmente mirarme a la cara con un ansia infinita de conocerme. Por dentro, hijo, no como a una cualquiera. Esa es la clave.
Estuvimos un rato en silencio. Ya había atardecido. A esa hora ya papá habría comenzado su tarea, y mamá me acostaría, preguntándome por las cosas que había visto por la ventana. Ahora era yo quien la interrogaba, tendida sobre la cama, con sus dulces ojillos azules medio cerrándose. El día que nos conocimos también se retrasó, recordaba. Hice trasbordo en Barcelona para coger el expreso hacia Madrid y alli estaba él, dormitando contra la ventanilla. Cuando sonó el silbato se despertó sobresaltado. Se ofreció a traerme un café. Casi me había quedado dormida de la misma guisa cuando llegó. Se me hizo interminable la espera. Por eso supe que estábamos destinados. Cinco minutos de reloj dijo él, mostrándome un reloj de bolsillo que yo no había visto en mi vida. Aquello me pareció prodigioso. No le debe haber ido bien. Mira que le he dicho que no se pusiera ese traje, que con todo lo que ha perdido le estaba demasiado holgado, que le tenía que coger de la sisa, y cogerle un poco el tiro. Te voy a acostar hijo, yo espero a tu padre abajo. No son horas para tí de estar despierto. Cuando descendía por las escaleras aporrearon a la puerta con apremio. Tengan un poco de consideración, que tengo al niño durmiendo arriba. Se le oía decir bajito a mi madre, al pie de la escalera, mientras se sentían unas zancadas contundentes subir. Entraron en el taller de papá y estuvieron trasteando un buen rato. Aquí está, sargento lo hemos encontrado. Dijo una voz de tabaco mascado, tras destripar sin piedad, el reloj de cuco que tanta guerra le había dado a papá la noche de antes, y que al día siguiente orgulloso me había enseñado. Mira hijo, me decía con sonrisa cansada, retrasando varias veces la hora, para mostrarme como aquel pájaro carpintero cantaba las doce sin cansarse, haciendo aspavientos con las alas sin soltársele ni una pluma.
Primero se la llevaron a ella. Se oyó el ruido de un motor que partía. Luego entró ese tipo calvo y gordo que me estuvo custodiando hasta el amanecer. Entonces llegó la ambulancia, blanca y fría con aquella monja fea que hablaba sin parar, para no llevarme a la nieve.
No sé cuánto tiempo llevo aquí, ni cuánto estaré. Cuándo regresaré con mamá y papá a casa. Allí se encuentra toda la Suiza que quiero ver, cubierta de nieve, blanda y gris que solo así se ve caer desde aquella ventana lejana de mi habitación. Aquí el tiempo está detenido. Si no oigo el tic-tac de los relojes cuando los echa a andar mi padre en el cuarto de al lado, ni el golpeteo danzarín de los zapatos de tacón de mi madre subiendo por la escalera, el tiempo para mí es una dimensión lejana y suicida como la verdadera Suiza.
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