¿Recuerdas el colmado donde paramos después de recogerte en el aeropuerto? Dos cuadras más abajo, haciendo esquina, hay una casa de dos plantas, color verde pastel, con columnas pareadas, arcos de medio punto en el porche, y cubreventanas amarillas en la primera planta. A las siete en punto, no te hagas esperar. Yo voy terminando unos asuntos y salgo para allá corriendo. Algo le ha ocurrido a Ernesto, es lo único que le he podido entender a Roberto, el pobre no podía articular palabra.
Callejeé durante unos diez minutos por la zona antes de parquear. Todavía me sentía inseguro manejando por la ciudad. Había hecho un calor pegajoso todo el día. Ahora se levantaba una suave brisa que aliviaba la sensación insoportable de la ropa pegada al cuerpo, como una segunda piel de alguien con una talla menor. Las cinco en punto, me repetía. Columnas en el porche, ventanas verdes. Las cinco. Dos cuadras más abajo. Me bajé del carro y caminé  hacia el colmado, buscando la sombra de los castaños, tropezando continuamente en los montículos que las raíces levantaban en la acera.  Las cinco en punto, no te me demores pai, no nos vaya a agarrar Roberto. Doblé la esquina, pero no existía ningún colmado donde recordaba. Juraría que era aquí donde tomamos unas Presidentes. Necesitaba tomar algo frío. Tenía la boca reseca. Todas las calles me parecían iguales. Tres calles más allá, esquina, porche, cinco en punto. Cubreventans verdes, fachada roja. La brisa trémula agitaba las hojas de los castaños, alineados sobre las destartaladas aceras del barrio de Quezúa, con la parsimonia de una batuta dirigiendo un adagio. A mi paso se desplomaban algunas hojas como una débil lluvia verde. En punto, en punto. Puertas amarillas, ventanas pareadas. Mierda, olvidé el reloj en el carro. ¿Qué hora tiene señora? Las cuatro. Resolví entrar en la casa.
Unas sirenas enloquecidas de coches policía se oyeron varias cuadras más abajo. Apenas cesaron se oyeron unos gritos desgarradores de mujeres, perfectamente sincronizados, como una escala musical ascendente. La gente que pasaba se detuvo desconcertada, señalando hacia lugares indefinidos, improvisando una tragedia todavía desconocida.
Dí la vuelta a la casa y entré dentro con sigilo a través de una ventana entreabierta. Dos muchachos jóvenes y bien parecidos dormían desnudos, amarrados cara a la pared. La brisa ondeaba las cortinas. Me acerqué al borde de la cama y me quedé absorto contemplándolos. El que tenía más cerca se dio la vuelta. Comenzaba a desperezarse. Tenía el pelo negro, corto e hirsuto, la tez color trigueño. Le pasé la mano sobre el costado y me detuve en su cintura. Abrió los ojos de súbito. Esbozó una sonrisa. Retrocedí asustado y me agazapé al pie de la cama, sin saber muy bien cómo reaccionar. Tras la ventana, el mundo exterior enmudeció, como si estuviese a la expectativa de lo que ocurriese en la habitación de una casa con columnas pareadas en el porche y cubreventanas verdes en la primera planta. El otro, de piel blanquecina y pelo lacio claro, seguía durmiendo cara a la pared. Fue entonces que me abalancé sobre el muchacho de piel trigueña, como poseído por una voluntad ajena, clavé mis uñas en su cráneo con toda la rabia que pude reunir, pero el cabrón jadeaba y jadeaba como si se estuviera corriendo interminablemente, suplicándome insaciable que ejerciera más peresión. Sudaba por todo el cuerpo, se retorcía de placer mientras mis dedos se teñían con su sangre. El otro muchacho de piel pálida seguía durmiendo. Finalmente,  me derrumbé sobre su cuerpo y eyaculé. Creo que me quedé dormido, con mi cabeza sobre su pecho, y mis dedos ensangrentados acariciando sus labios yertos. Cuando desperté, noté humedad en el vientre y en las piernas. El cabrón se me había meado encima. Deslicé la mano sobre el costado desnudo del muchacho pálido que seguía durmiendo. Sobre la mesilla tenía un bote de tranquilizantes y un vaso vacío con una mosca dentro que revoloteaba dándose tumbos contra el cristal.
Caminé y caminé, dando vueltas por el barrio, hasta que por fin logré dar  frente a la misma casa verde, con columnas pareadas y arcos de medio punto en el porche, cubreventanas amarillas en la primera planta, que me resultaba tan familiar. Había dos coches de policía en la puerta con las sirenas girando, pero calladas.  Oí una voz a mi espalda. Te retrasaste ¿Y tu carro? Le hice un gesto con la mano, queriendo decir que se encontraba allá, en un lugar incierto.  Roberto nos aguarda dentro.