Busco la esencia de la ciudad en un cruce de calles. Pero no está en la gente que me cruzo, que camina decididamente en todas direcciones, pero nadie hacia mi destino. No está tampoco en el ruido atronador de los motores de los carros que resbalan desprevenidos sobre el asfalto pastoso, ni en los desacordes del graznido de sus cláxones. El aire manso dominicano, la luz crepuscular de su atardecer, puro como un dato certero pero ignorado, tampoco son, ni por separado ni en conjunto, la esencia de la ciudad. Y sin embargo, se puede captar aquí, en un cruce de avenidas, entre la Abraham Lincoln y la Lope de Vega, flotando en un punto inestable de la retícula enmarañada y destartalada del tendido eléctrico que cierne su tupida red en un intento vano de atrapar el cielo. Pretensión inútil de poseer los supremo. Pero no es lo supremo lo que yo busco, sino otra cosa más chica, porque esta ciudad con sus dos millones de habitantes y su cuadrícula kilómetrica de avenidas abrazadas cabe en mi puño y se resume en una onda que pendula sobre la panza grávida  de un cable suspendido entre dos postes, meciéndose en un vaivén perezoso a la espera de que yo la capte.
Y dime, ciudad tranquila, qué fue que tu mensaje no logro descifrar, que tu voz ya no llega tan clara y dulce a mis oídos. Dime, Santo Domingo, qué pena garabatea tus entrañas.
Capto  un rumor, atenuado por un bullicio compuesto de mil sonidos. Oigo unas pisadas que retumban en cada peldaño de una escalera, muy pausadas. Percibo la vibración metálica de cada peldaño que se propaga al peldaño posterior y al anterior y después al tramo y  a toda la escalera. Hay rabia en esas pisadas. Quieren subir,  ¿a dónde?, y, en cambio, bajan.
El movimiento trémulo del cable se troca en una vibración enloquecida y otra que se solapa, y otra, y otra… como el espectro de un corazón enfermo. Qué es esta conversación, qué soflama furiosa pronuncian tus pies, ciudad tranquila, qué te alteró.  Acaso nadie te ama como te mereces. Es eso, ¿verdad?
Una muchacha se asoma pensativa a un balcón. Una camioneta cargada de muchachos bulliciosos cruza fugaz la avenida. Comen plátanos y arrojan las cáscaras a la calzada. Una señora cargada con bolsas de la compra cruza atolondrada y trastabilla al pisar una monda. Un anciano en silla de ruedas corretea por mitad de la vía exhibiendo su sonrisa desdentada. La tarde se desmaya y la ciudad se va iluminando con lucecitas verdes, rojas y amarillas anunciando la Navidad.
Pasa el tiempo en este cruce de calles. La esencia de la ciudad se concentra en algún punto de la retícula de cables que, al caer la noche, se diluyen en el cielo negro, ya liberados de las vibraciones que durante el día, con el calor, han caído derretidas como lágrimas para confundirse en el asfalto.