Alguien arrojó una botella de vidrio en mitad de la calle. No fue el estampido lo que interrumpió mi siesta, sino que el sol implacable de aquella hora de la tarde tendió sus rayos sobre los cascotes desparramados por el empedrado, y entraron por mi ventana para reflejar en mi frente un mandato acuciante. De manera inconsciente me pasé la mano y emborroné el mensaje que quedó ilegible en forma de gotas de sudor, como notas musicales aturdidas atrapadas en las líneas del destino de la palma de mi mano.  Fue entonces que tomé la escalera con la intención de pintar la fachada de la casa y cambiarla de color.
A media altura del primer piso comencé a raspar la pintura. Como si de un surtidor se tratase, la pared fue vomitando desconchones de varios colores de manos de pintura anteriores: amarillo sólido, verde azulado, naranja pálido. Colores deslavados, sepultados en una tarde similar a esta tarde, en que los rayos de sol me ordenaron mudar el color, hartos de toparse siempre con lo mismo.
−¿De qué color la pintaré esta vez? Pensaba mientras raspaba la pared.
Un niñito limpiabotas con andar renqueante cruzó a través del arco de la escalera. Un desconchón le cayó sobre la cabeza.
−¡Viejo, tenga más cuidado!
Bajé para disculparme, con diez pesos que deposité sobre su mano temblorosa. Tenía los ojos hundidos, grandotes, y su mirada desconcertante parecía apuntar en todas direcciones sin alcanzar más allá de un par de palmos. Le observé alejarse con un gesto desdeñoso,  hasta que desapareció entre el gentío que acudía a la plaza.
Cuando la tarde declinaba, decidí interrumpir mi trabajo para tomar un refrigerio en una terracita de la plaza del Almirante. No me molesté en recoger la escalera, ni en barrer los desconchones de la acera. La fachada presentaba un aspecto desolador, como si perteneciera a una ciudad después de una batalla, con las paredes acribilladas de mortero.
Mientras tomaba un jugo de tamaringo mi cuerpo lentamente se fue hundiendo, vencido por el cansancio. Los párpados caían y se alzaban perezosamente.
El niñito limpiabotas zigzagueaba entre los bancos de la plaza ofreciendo sus servicios a los turistas a cambio de unos cuantos pesitos. Irrumpía en mi campo de visión de manera intermitente, como en una película a la que le faltaran fotogramas. Aparecía en un banco de un extremo de la plaza, y al instante en el extremo opuesto.
Me puse triste al ver a ese niñito limpiabotas, desorientado, suplicando sus pesitos a cambio de dejar los zapatos de los turistas bien bruñidos. ¡Ay, si yo tuviera una varita mágica!  Haría que tu pierna izquierda creciera un poquito para alcanzar a la derecha. Y que tu mamita se te apareciera de repente, y te cogiera de la mano para llevarte a la escuela. Y ese barquito tan lindo amarrado en la otra orilla del río Ozama, te lo regalaría, para que zarpases rumbo a tus sueños. ¿Sabrás tú  que cosa es soñar? Yo ya lo he olvidado. Y cuando quiero recordarlo, un botellazo quiebra el intento en mil pedazos. Si yo pudiera, cogería una espátula y rascaría en tu piel, y en la superficie de esta plaza, y en el fondo del río, y en las fachadas de toda la ciudad colonial para que brotaran los colores gastados de tiempos olvidados. Daría una mano de pintura a cada cosa que veo y me pone triste. Sí, niñito limpiabotas, yo te pintaría para tapar la palidez de tu piel. Pero estoy ya tan cansado.  Pronto los párpados caerán y me quedaré amarrado a esta silla hasta que salga el camarero y me eche como cada tarde ¡Ay, si pudiera  no despertar nunca! En mis sueños recorrería la ciudad con mi escalera a cuestas, con la espátula y la brocha no dejaría resquicio sin colorear.
Fue entonces que los últimos rayos de luz de la tarde tendieron sus tentáculos sobre las fachadas desvaídas de la ciudad, y sobre el zapato  con alza del niñito limpiabotas y se reflejaron  en mis ojos  antes de cerrarse.
La bruma comenzó a brotar de entre los intersticios del empedrado, borrando los pies de los viandantes, también los del niñito limpiabotas. Y así  se vio  feliz, porque sus pies eran como los de los demás.
La bruma se fue espesando cubriendo toda la plaza: la estatua de Fray Javier Osvaldo, la casa del Almirante y los laureles que circundan la plaza, con sus bancos, los turistas y las terrazas.  Como una nube que se lleva la lluvia a otro lugar. Lo último que pudo verse fue a un hombrecito portando una escalera, que se acercaba al niñito limpiabotas.
Y cuando la bruma se esfume, lejos de aquí, el niñito limpiabotas ya no será distinto sino un niño feliz como los demás, que juega a la rayuela, y da brincos por el empedrado, entre cielo y tierra, haciendo caso omiso a las indicaciones de su mamita, que lo observa encandilada desde un banco de la plaza. Y el hombrecito de la escalera se sentará a descansar en una terracita de la plaza, frente a un edificio recién pintado. Tomará un zumo de tamarindo y se quedará dormido, soñando con pintar de blanco la fachada de su casa.
−¡Viejo despierte! Es hora de volver a casa.
Cuando desperté, el niñito limpiabotas estaba en cuclillas cepillándome los zapatos.