Anoche, inmerso en mis preocupaciones, me desvié de mi trayectoria, e inopinadamente perdí el rumbo, si es que llevaba alguno. El tiempo y la distancia se trocaron en una especie de coordenadas absurdas en las que quedé atrapado como en una tela de araña viscosa. Cuando creí dirigirme hacia Commonwealth Avenue para regresar a casa, me hallé deambulando por Columbus Av. entre calles desoladas flanqueadas de casas deshabitadas, invadidas de soledad y nostalgia: la soledad de los estanques quietos, arrumbados entre cruces de autopistas; y la nostalgia de las gaviotas desorientadas entre los rascacielos del Downtown. La oscuridad era densa. Únicamente se vislumbraba a lo lejos, el tenue resplandor de Backbay, cuyo bullicio distante se percibía como un murmullo atrapado dentro de una urna.
Cercano al cruce con Massachusetts Av. se encuentra el descampado donde, atraído como un animal salvaje hacia su guarida, solía ir al final del día, en otro tiempo. Hacía tiempo que no volvía por allí. Allí se erigen las obras de mi último proyecto. Ahora están paralizadas, más bien abandonadas, a falta de que el ayuntamiento de luz verde para proceder a la demolición. El presupuesto no daba de sí y los proveedores decidieron no suministrar materiales. Luego los obreros se echaron a la huelga. Finalmente los compradores retiraron, de la noche a la mañana, todos sus créditos. Pero todavía sueño con que todo se solucione, y ver el edificio en pie, rivalizando con el Prudential Center o el complejo de la Sciece Church.
La tierra tembló cuando un tren cruzaba el subsuelo, arrancando quejidos agudos de la estructura férrea del rascacielos apenas bosquejado. Por el estruendo, debía de ser un tren pesado, cargado de materiales de construcción, pensé. Seguramente irían al puerto para cruzar el atlántico. Cerré los ojos y quise detenerlo con la mente.
Seguí calle abajo. Una piedra de grava de la obra se incrustó en un zapato, y, al caminar, producía un rechinar cadencioso como el tic-tac apremiante de un reloj que va descontando los segundos que quedan para la hora de partir, ¿a dónde?
En una de las escaleras de una casa de ladrillo, un anciano, con la cara arrugada como una pasa y voz bronca me abordó, can you spare a cigarette, sir? Era el último. Tras darle fuego, me quedé mirándole como buscando respuestas. El me vomitó en la cara el humo de la primera calada. Recobré la noción del tiempo y el lugar y marché asustado con paso acelerado.
Por fin enfilé Commonwealth Avenue. Atrás quedaron las calles en penumbra de Columbus Avenue, difuminadas y calladas, entre el vapor emergente de las alcantarillas y el canto desafinado de los grillos.
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