Tres golpes en la puerta. El primero causó sorpresa: era la primera llamada en siete años de soledad y silencio. Sólo el viento osaba, durante la noche, alzar la aldaba tímidamente y producir un leve repiqueteo. Fueron tres golpes rotundos y distanciados. El segundo provocó inquietud, ¿quién sería a aquella hora intempestiva?
−Como si fuese habitual recibir visitas a cualquier otra hora.
Permaneció agazapado tras su escritorio, perdido en el desorden de sus libros desparramados sobre la mesa, entre rimeros de carpetas polvorientas y notas recordatorias cuya misión era apuntalar el destartalado edificio de su memoria. Una luz de candil, tenue y trémula, pintaba al claroscuro los rasgos de la habitación. El resuello asmático de su respiración rasgaba el silencio, acompañado a destiempo del crepitar de la madera sacrificada en el hogar.
Todavía resonaba el eco del segundo golpe entre los rincones del castillo, cuando irrumpió un tercero, el más débil, pero el que le asustó más. Su mirada cansina, acentuada por las gafas caladas en la punta de la nariz, recobró la noción de la realidad, y la apartó del chisporroteo ilusorio de la llama del candil. Resolvió acercarse hasta la puerta, con el candil en la mano temblorosa, arrastrando sus pies a lo largo de corredores interminables, resumido en su bata raída.
−¿Para qué sirven las puertas si ni se abren ni se cierran? Más valdría tapiarlas para evitar que un día alguien las aporree y nos veamos obligados a recordar su función.
Se detuvo antes de abrir, sosteniendo el picaporte con la otra mano, también temblorosa. Con voz bronca, el anciano inquirió,
−¿Quién llama?
−Soy un mensajero de su majestad el Rey.
Incrédulo, liberó los cerrojos de las puertas con estrépito y nerviosismo, mientras una lluvia de gotas de cera se derramaba sobre su mano y otra lluvia fina de maldiciones brotaba de su boca. Un caballero misterioso, de estatura media y mirada ceñuda le entregó con elegancia ensayada un sobre lacrado con el sello real. Tras una reverencia afectada se ciñó la capa al hombro y se retiró en su caballo que lo aguardaba silencioso amarrado a la verja herrumbrosa. Lo observó alejarse, siguiendo el sonido de los cascos golpeando la noche.
Se apresuró a entrar dentro, impaciente por desvelar el secreto encerrado en aquel mensaje inesperado. Apoltronado en su sillón, abrió el sobre y acercando el candil leyó el mensaje, que en caracteres nobles y una caligrafía impecable, como corresponde a un amanuense real, decía: «Por orden de su Majestad El Rey, y en beneficio del Reino que con mano severa y justa gobierna…. »
El mensaje se deslizó entre sus dedos y cayó al suelo, cerca del fuego, donde poco a poco, por efecto del calor acumulado, se fue acartonando y ennegreciendo hasta quedar ilegible.
−No -se dijo a sí mismo, como si quisiese conjurar el miedo que le invadió de súbito- antes la muerte que abandonar mi casa.
¿Se puede abandonar el lugar que custodia la memoria de las cosas pasadas, los recuerdos que todavía nos siguen alimentando, aquello que ha amamantado nuestra experiencia, el aprendizaje de nuestros hábitos? ¿Qué queda de nosotros si se nos despoja de todo ello? ¿A dónde van los recuerdos si nuestra mente desgastada los ha olvidado y se les destierra de su asilo?
Los tres días que mediaban entre el aviso y la ejecución del mandato permaneció en su sillón, petrificado, recorriendo con la mirada enloquecida cada uno de los detalles de la habitación, como poseído por un fantasma inquieto. Iba de un objeto a otro, interrogándolos acerca del papel que desempeñaron en algún lugar remoto de sus recuerdos, mas éstos, mudos, sólo respondían con su presencia intermitente reflejada por la luz vacilante de la vela.
Consumado el plazo, volvieron a sonar tres golpes igual de contundentes y distanciados que tres días atrás. No quiso escucharlos. Prefirió sepultarse entre sus recuerdos, pasar a ser un objeto más de aquella lúgubre y brumosa estancia donde las arañas tejían, lentas pero imparables, densas veladuras que cubrían los rincones secretos del espacio, delimitando con sus hilos las fronteras del reino de las ausencias.
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