Sus miradas se encontraron en un punto estratégico, donde la geometría inventa sus líneas para albergar las emociones fronterizas, esas que no tienen cabida en el espacio de los volúmenes existentes. Fue un instante fugaz en que la algarabía de los otros se esfumó como por ensalmo y sólo permaneció lo esencial para ellos: el otro. Se miraron por casualidad, cuando sus cabezas realizaban giros contrapuestos, como dos engranajes ensartados el uno en el otro, acogiendo la mirada punzante del otro, mientras ambos hacían un recorrido aleatorio entre las caras cercanas, percibidas como relleno del vacío.
Dispuestos alrededor de la interminable mesa, los invitados degustaban con desigual opinión los platos del banquete. El humo del tabaco formaba una nebulosa que difuminaba los rostros dejando en el anonimato las opiniones estridentes, esas que pretenden solucionar el mundo y sus problemas.
Las miradas se volvieron a cruzar, dibujando en el aire el boceto de sus deseos, arrebujado en un pliegue de la nebulosa. Los otros pronto percibieron el juego de sus miradas. Por un momento, todas, las de unos y otros, convergieron en un mismo punto y de lo hondo de sí mismos emergieron, como un surtidor de lucidez, pensamientos elevados. Quizás fuera el anhelo de abandonar la rutina de los días repetidos y emprender el viaje hacia el interior de los sueños, no los que se repiten, esos que creemos miden la distancia entre lo que somos y lo que pretendemos alcanzar, sino esos otros que aún no han sido soñados y sólo surgen en el destello de dos miradas cómplices que chocan.
Observados y expuestos al juicio ajeno, temieron que se que sofocara el fuego de sus miradas. No fumaba, pero encendió un cigarro con torpeza y estilo amanerado, copiado seguramente de un fotograma de alguna película en blanco y negro grabado en su memoria. Tras una calada interminable vomitó un humo denso y oscuro que los envolvió a uno y a otro en una nube que los aislaba del banquete y del mundo. Allí dentro, lejos de la intromisión de los otros, sus miradas, sus manos, y sus labios inventaban términos nuevos de expresión, arrancados por la presencia del otro. Y el uno y el otro mantuvieron su diálogo secreto hasta que el frágil aislamiento del humo se disolvió y el uno y el otro fueron exiliados de nuevo dentro de la ruidosa soledad de los otros.
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